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Sila

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Lucio Cornelio Sila
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Retrato de Sila en un denario romano.

Cónsul de la República romana
88 a. C.-88 a. C.
Junto con Quinto Pompeyo Rufo
Predecesor Cneo Pompeyo Estrabón
Lucio Porcio Catón
Sucesor Cneo Octavio
Lucio Cornelio Cinna

80 a. C.-80 a. C.
Junto con Quinto Cecilio Metelo Pío
Predecesor Cneo Cornelio Dolabela
Marco Tulio Decula
Sucesor Apio Claudio Pulcro
Publio Servilio Vatia Isáurico

Información personal
Nombre en latín Lucius Cornelius L.f.P.n. Sulla Felix Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento 138 a. C.
República romana
Fallecimiento 78 a. C. (60 años)
Puteoli, República romana
Familia
Padres Lucio Cornelio Sila
Cónyuge 1. Julia (¿Ilia?)
2. Clelia
3. Cecilia Metela
4. Valeria Mesala
Hijos Del 1º matrimonio
1. Cornelia
Del 3º matrimonio
2. (¿Lucio?) Cornelio Sila.
3. Fausto Cornelio Sila.
4. Fausta Cornelia
Del 4º matrimonio
5. Cornelia Póstuma
Información profesional
Ocupación Político, militar y líder militar Ver y modificar los datos en Wikidata
Lealtad República romana Ver y modificar los datos en Wikidata
Partido político Optimates Ver y modificar los datos en Wikidata
Distinciones

Lucio Cornelio Sila Félix[! 1] (en latín, Lucius Cornelius Sulla Felix; 138 a. C. Roma, República romana - marzo[! 2] de 78 a. C. Puteoli, República romana) fue un estadista y militar romano que alcanzó la fama por sus hazañas militares y ser el primer general de la república tardía en marchar sobre Roma y ganar una guerra civil. Tras purgar a sus adversarios, asumió la dictadura, buscó fortalecer el sistema republicano mediante reformas constitucionales y renunció a sus poderes plenipotenciarios una vez promulgadas.

Sila ejerció el consulado en dos ocasiones y restableció la dictadura. General de gran talento, cosechó victorias tanto frente a enemigos exteriores como en conflictos internos. Su ascenso al primer plano de la vida pública se produjo durante la guerra contra el rey númida Jugurta, a quien logró capturar gracias a la traición de los propios aliados del monarca, si bien su superior Cayo Mario se atribuyó el mérito de haber puesto fin a la contienda. Combatió después con éxito contra las tribus germánicas durante la guerra Cimbria, y contra los aliados itálicos en la guerra Social, donde por su valor en la batalla de Nola le fue concedida la corona gramínea.

Sila fue elegido cónsul para el año 88 a. C. Sin embargo, surgió una disputa por el mando de la guerra contra Mitrídates del Ponto —concedido en un primer momento a Sila por el Senado, pero revocado en el marco de un acuerdo político entre Mario y el tribuno plebeyo Publio Sulpicio—, ante la cual Sila, en ejercicio del consulado, puso a sus tropas en marcha sobre Roma. Tras expulsar o dar muerte por la fuerza a Mario, Sulpicio y sus partidarios, partió con su ejército al término de su mandato consular para combatir a Mitrídates en Grecia. Durante su ausencia, Mario regresó junto a Lucio Cornelio Cinna —sucesor de Sila en el consulado— y ambos purgaron a sus propios adversarios, entre ellos al propio Sila, a quien declararon enemigo público. En Oriente, Sila aplastó a los ejércitos pónticos en las batallas de Queronea y Orcómeno, aunque ofreció a Mitrídates una paz generosa con el fin de poder regresar a Roma. Mario y Cinna habían fallecido para entonces, pero Sila derrotó a los herederos de su facción y obtuvo una victoria decisiva a las puertas de Roma en la batalla de la Puerta Collina.

Tras hacerse con el control de la política romana por la fuerza, Sila restableció la figura del dictador, que había permanecido en desuso desde la segunda guerra púnica, más de un siglo atrás. Una vez investido como dictador vitalicio «para la redacción de leyes y el fortalecimiento de la república»,[! 3] o incluso antes de esto, inició las proscripciones para deshacerse de sus adversarios. Además, reformó las leyes constitucionales romanas para restaurar la primacía del Senado y recortar las atribuciones de los tribunos de la plebe. Renunció a la dictadura aproximadamente en 79 a. C.[! 4] y ejerció un consulado ordinario durante el resto del año junto a Quinto Cecilio Metelo Pío. Concluido ese mandato, Sila se retiró a la vida privada y murió poco después, en 78 a. C. Su figura dejó una huella profunda en la siguiente generación de dirigentes —entre ellos Pompeyo y Julio César—, quienes siguieron su ejemplo de alcanzar el poder político por medio de la fuerza.

Biografía

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Orígenes y juventud

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Retrato escultórico del siglo I a. C. al siglo II d. C., que desde el siglo XIX se identificaba habitualmente con Sila, pero que en la actualidad se conoce comúnmente como «pseudo-Sila».

Sila procedía de una familia noble en progresiva decadencia, cuyos representantes llevaban mucho tiempo ausentes de los más altos cargos de la República. El primer representante conocido de esta rama de la familia patricia de la gens Cornelia fue el dictador en torno a 334 a. C. Publio Cornelio Rufino, pero no se sabe nada de él de forma fiable.[2][3] El padre del tatarabuelo de Sila, Publio Cornelio Rufino, fue cónsul en 290 y 277 a. C., y dictador —presumiblemente rei gerundae causa[! 5]— en un año indeterminado entre 291 y 285 a. C.[2] Sin embargo, pronto fue expulsado del Senado por violar las leyes suntuarias, debido al descubrimiento de un censor de un número superior de vajillas de plata en su casa al permitido para un hombre de su estatus.[4][5] El tatarabuelo de Lucio, Publio Cornelio Sila, ocupó el cargo de sacerdote de Júpiter (flamen Dialis), además de ser el primer mencionado con el cognomen Sulla.[2] El bisabuelo y el abuelo, ambos llamados «Publio», fueron pretores en 212 y 186 a. C. respectivamente,[6] y el último de estos fue gobernador de Sicilia.[7]

Respecto a su padre, Lucio Cornelio Sila, lo único que se tiene constancia es que estuvo casado dos veces.[6] Lo más probable es que no fuera el primer hijo de la familia, ya que se le dio el nombre de «Lucio»,[7] en lugar del de «Publio» transmitido a través de los hijos mayores. Existe la suposición, no confirmada, de que el padre de Sila fue pretor y recibió entonces la provincia de Asia para administrarla,[8] donde pudo conocer al rey póntico Mitrídates VI.[9] El futuro dictador tenía un hermano, Servio, y una hermana, Cornelia. Su madre murió cuando él era aún un niño y fue criado por su madrastra.[5] Cuando se preparaba para recibir la toga viril, es decir, a los 14 años, su padre murió sin dejarle testamento.[6][! 6]

Árbol genealógico de Sila
 
 
Publio Cornelio Rufino
dictador en 334/333 a. C.
 
 
 
 
 
 
 
 
Publio Cornelio Rufino
cónsul en 290, 277; dictador en c. 291/285 a. C.
 
 
 
 
 
 
 
 
Publio Cornelio Sila
flamen Dialis
 
 
 
 
 
 
 
 
Publio Cornelio Sila
pretor en 212 a. C.
 
 
 
 
 
 
 
 
Publio Cornelio Sila
pretor en 186 a. C.
 
 
 
 
 
 
? (madrastra de Sila)
 
Lucio Cornelio Sila
 
? (madre de Sila)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Lucio Cornelio Sila
 
Servio Cornelio Sila
 
Cornelia Sila

Sila creció en un entorno empobrecido. De hecho, más tarde, cuando se convirtió en cónsul, a menudo se le reprochaba que cambiara su modesto estilo de vida.[5][! 7] Quizás la pobreza de su familia mencionada en las fuentes fuera sólo relativa: en comparación con otras familias que adquirieron enormes riquezas durante numerosas guerras, Sila, quien no había ocupado una alta magistratura, no tuvo la oportunidad de enriquecerse mediante botines militares y extorsiones en las provincias.[8][10] Sin embargo, no tener casa propia a finales del siglo II era prueba de extrema pobreza para un hombre de su origen.[11] Además, la falta de dinero le impidió emprender una carrera militar, como hicieron muchos otros jóvenes nobles.[12][! 8] La fortuna de Sila durante su juventud se estima en unos ciento cincuenta mil sestercios, aunque probablemente tuvo que pagar las deudas de su padre.[10] Sin embargo, Sila recibió una buena educación. En particular, dominaba la lengua griega y conocía bien su literatura,[13] pero no intentó iniciar su carrera con discursos judiciales o políticos, ocupaciones muy populares en la época.[10]

De joven, Sila llevó un estilo de vida disoluto,[11][13] por ello es especialmente censurado por su principal biógrafo, el moralista Plutarco.[14] Según este, Sila bebía habitualmente en compañía de gente indigna de su posición y, al contrario que la mayoría de los romanos, en la cena «era imposible hablar con él de nada serio», aunque durante el resto del día era extremadamente activo.[14]

Inicio de la carrera civil

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Guerra de Jugurta

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Sila comenzó su servicio algo más tarde que otros senadores, sirviendo como cuestor en 107 bajo las órdenes del cónsul Cayo Mario.[15][16] Cayo Mario debía ir a África, donde Roma estaba librando en Numidia la guerra contra el rey Jugurta, empezada en 112 a. C. y reanudada dos años después. Sila, quien supuestamente obtuvo el cargo de cuestor y el mando en la guerra gracias a su matrimonio con una pariente de Cayo Mario, debía acompañar a este último a la contienda.[17] También se sugiere que Sila pudo elegir a Mario entre dos generales para unirse, siendo el segundo Lucio Casio Longino, pronto derrotado por los germanos.[17] Su primera tarea fue reunir una importante fuerza de caballería auxiliar en Italia y trasladarla al norte de África.[13] Sila sólo tardó unos meses en destacar, establecerse como un hombre importante y pronto fue capaz de ganarse el respeto de los soldados por su hábil liderazgo a tan temprana edad, aunque su encanto pudo ser la razón de ello.[18]

Los acontecimientos posteriores hasta el regreso de los generales a Roma se conocen principalmente por autores antiguos que utilizaron las perdidas memorias de Sila,[17] cuya posible parcialidad ha llevado a algunos historiadores a tratar los detalles de la guerra con incredulidad.[19] Según cuenta Salustio, poco después de la llegada de Sila, Mario envió una delegación al oponente de Jugurta, el rey Boco, a petición de este mismo, lo que daba a entender que quería decir algo importante.[20] Junto con Sila, quien recibió el cargo de legado, se dirigió a Boco otro legado de Cayo Mario, el expretor Aulo Manlio —o Manilio—, quien tenía una posición más alta, pero que le dio el derecho a hablar a Sila, quien era mucho más elocuente que él;[20][21][22] no se excluye, sin embargo, que ambos hablaran.[17] Sila negoció con el objetivo principal de asegurarse la lealtad de Boco a Roma a cambio de una posición como «aliado y amigo del pueblo romano» y posibles concesiones territoriales. Salustio relata la parte final del discurso de Sila de la siguiente manera: «Por último, deja que este pensamiento se hunda en tu corazón, que el pueblo romano nunca ha sido superado en bondad; su destreza en la guerra la conoces por experiencia»,[20] lo que utilizó como oportunidad para acercarse al rey.[15] Mientras tanto, Jugurta había sobornado a los amigos de Boco, quienes le inclinaron a pensar en poner fin a las negociaciones con los romanos.[20] La vida de Sila corrió así peligro, aunque al final Boco accedió a cooperar con Roma y envió una embajada compuesta por sus hombres más dignos de confianza para hacer las paces bajo cualquier condición. Los embajadores, sin embargo, fueron asaltados por bandidos, pero Sila, quien para entonces había sido designado por Mario como propretor (pro praetore),[23][24] los recibió amablemente y los ayudó en adelante.[15][23]

Los embajadores se dirigieron a Roma y recibieron una respuesta que contenía una clara insinuación de que esperaban la entrega de Jugurta por parte de Boco.[25][! 9] Este último pidió entonces a Sila que se reuniera con él para discutir los detalles, por lo que partió con un destacamento de soldados, en su mayoría ligeramente armados, y pronto se le unió Volux, hijo de Boco.[26][27] Al quinto día de viaje los exploradores informaron de la presencia de un gran ejército númida al mando del propio Jugurta. Entonces Volux le ofreció a Sila huir solo por la noche, pero este se negó rotundamente, alegando que no estaba dispuesto a huir cobardemente de su enemigo. Sin embargo, Sila aceptó marchar por la noche, pero sólo con todo el destacamento.[26][28] Para llevar a cabo su plan, Sila ordenó a sus soldados que se fortificaran rápidamente y encendieran grandes hogueras para crear la ilusión de que iban a pasar aquí toda la noche. No obstante, mientras buscaban un nuevo campamento, los soldados de caballería moros informaron de que Jugurta estaba de nuevo frente a ellos, a unos tres kilómetros de distancia.[26][28] Muchos en el campamento pensaron que se trataba de una emboscada organizada por Volux e incluso quisieron matarlo, pero Sila sólo le exigió que abandonara el campamento.[26][29] Aun así, Volux negó su culpabilidad y ofreció al comandante romano un audaz plan, que consistía en atravesar el campamento de Jugurta con un pequeño destacamento junto a él, sabiendo que su enemigo no atacaría al hijo del rey.[29][26] Entonces, ambos consiguieron pasar el campamento de Jugurta y llegar a Boco.

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Moneda que representa la escena de la entrega de Jugurta (derecha) a Boco (izquierda) por Sila (centro). Acuñada por Fausto Cornelio Sila.

En la corte de Boco había personas sobornadas por Jugurta, con quienes se tenía la intención de negociar. Sin embargo, Boco envió en secreto a su leal, Dabar, a Sila para proponerle negociaciones secretas, lo que engañaba al mismo tiempo a los hombres corrompidos por Jugurta. Durante el día, Boco pidió al romano que le diera diez días para pensar, pero ya por la noche se produjeron negociaciones secretas directas entre ambos, con la mediación de Dabar.[30] Sila consiguió negociar la paz con Boco, y al día siguiente este envió a un hombre de Jugurta a su corte con una propuesta para entregarle a Sila para, manteniéndolo como rehén, lograr los términos de paz deseados. Tras esto, Jugurta tardó poco tiempo en llegar a Boco. Es cierto, según Salustio, que este último estuvo todo este tiempo deliberando si extraditar a Sila a Jugurta o a este a los romanos,[31] pero finalmente se decantó por esta última opción.[32] En consecuencia, los hombres de Jugurta fueron masacrados, y él mismo fue capturado por los partidarios de Boco.[32][33] Jugurta fue entregado a Sila,[15][32] quien lo puso inmediatamente a disposición de Mario,[17] lo que puso fin a la guerra.[34][35]

Pronto, Mario tuvo derecho a celebrar un triunfo, que tuvo lugar el 1 de enero de 104 a. C.,[36]pero, según Plutarco, en Roma ya se decía que, después de todo, la guerra se había ganado gracias a Sila.[15] Aunque merced a las acciones de Sila, Mario reforzó su autoridad en Roma,[17][37] su ambición se vio tan comprometida que este episodio inició una larga disputa entre ambos.[38][39] Poco después, Boco colocó en Roma estatuas que representaban a la diosa Victoria con trofeos en las manos, y cerca de ellas una escena de Jugurta siendo entregado a Sila, lo que, según Plutarco, estuvo a punto de provocar un enfrentamiento entre los partidarios de ambos.[16][40] Más tarde, hacia el año 62 a. C., el hijo de Sila, Fausto, acuñó monedas con esta escena.[16]

Guerra contra las tribus germánicas

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Cuadro Batalla de Vercelas de Giovanni Battista Tiepolo.

El final de la guerra de Jugurta coincidió aproximadamente con la derrota romana frente a cimbrios, teutones y ambrones en la batalla de Arausio el 6 de octubre de 105 a. C., cuando el procónsul Quinto Servilio Cepión se negó a cumplir las órdenes del cónsul Cneo Malio Máximo debido a su baja cuna. Cayo Mario fue elegido cónsul en ausencia para el año 104 a. C. y preparó un ejército para organizar una ofensiva contra los germanos.

Sila ejerció, sucesivamente, el cargo de legado en 104 a. C.[16][39] y tribuno militar en 103 a. C.[16][39]de Cayo Mario en esta guerra, pero pronto la relación entre ambos se deterioró. Plutarco cuenta que, al principio de la guerra, Mario, «no teniendo todavía a Sila por hombre que pudiera ser envidiado, siguió valiéndose de él en sus mandos militares».[39] En 104, Sila capturó al líder de los tectósages Copilo, lo que provocó el fin de su resistencia, y pronto logró evitar que los marsos entraran en la guerra del lado de los germanos e incluso les inclinó a concluir una alianza con Roma.[! 10][42][43] Sila obtuvo éxitos notables, tanto que pronto Mario dejó de encomendarle misiones, temiendo el ascenso de su talentoso oficial.[39] Sin embargo, a comienzos de 102 a. C., Sila pasó de las filas de Mario a las de Quinto Lutacio Cátulo. Existe la opinión, basada en la falta de dotes militares de Cátulo reflejada en la fuentes, de que Sila se unió a él con la esperanza de sobresalir en comparación con un comandante poco competente,[44] aunque también se plantea la posibilidad de que, como oficial capaz, Sila fuese enviado al segundo cónsul por el propio Mario.[42]

En cualquier caso, Sila, ocupando el cargo de legado junto a Cátulo, rápidamente se ganó su confianza, aunque no se descarta que esto estuviera relacionado con la pertenencia de ambos a antiguas y nobles familias, aunque el paso del tiempo había hecho que estuviesen en decadencia,[42] y pronto alcanzó logros significativos.[39] Así, Sila derrotó a los bárbaros de los Alpes y luego organizó eficazmente el suministro para el ejército.[39] Además, también participó en la decisiva batalla de Vercelas el 30 de julio del año 101 a. C., y más tarde la describió en sus memorias.[16] Durante la batalla, Sila se encontraba junto a Cátulo, y, según Plutarco, el biógrafo de Sila, estuvo en el punto más crítico de la lucha, mientras que Mario se ocupaba de perseguir a los germanos.[45][46] Se supone que, antes de la batalla, a las tropas romanas de Cátulo y Sila, que Mario había situado en el centro, no se les había asignado una misión relevante, aunque en realidad todo sucedió de manera distinta.[45] Los romanos lograron una victoria completa en la batalla y eliminaron la amenaza germana durante largo tiempo. Poco después, a pesar de las diferencias entre Cátulo y Mario, quienes aspiraban a atribuirse el papel decisivo en la victoria, se celebró en Roma un triunfo conjunto.

Muchos de los logros de Sila en esta guerra a menudo se consideran exagerados, ya que la tradición que describe el conflicto se basa principalmente en las autobiografías de Sila y Cátulo,[! 11] las cuales, al parecer, tenían como objetivo desacreditar a Mario.[42] Por ejemplo, los relatos de fuentes posteriores se interpretan como fuertes exageraciones: «como escribe Plutarco, [Sila] sometió a “la mayoría de los bárbaros de los Alpes”. Sin embargo, no se especifica a cuáles en concreto. Se cree que esta falta de precisión no es accidental: las victorias del legado no fueron tan significativas, y una especificación excesiva podría haber arruinado la impresión generada».[42] Además, se ha sugerido que los soldados de Cátulo fueron colocados en el centro, tácticamente irrelevante, durante la batalla debido a su escasa preparación.[42]

Pretura

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Poco después de la conclusión de la guerra contra los cimbrios, Sila intentó iniciar una carrera política, deseando devolver a su familia su antiguo alto estatus.[47] Primero, participó en las elecciones para pretor, pero fue derrotado.[16] El propio Sila atribuyó su fracaso a la plebe, que buscaba obligarlo a pasar primero por la edilidad[! 12] y a organizar juegos suntuosos con leones, aprovechando su amistad con Boco.[48][49] Al parecer, durante la campaña electoral, Sila se apoyó principalmente en sus éxitos militares, algo bastante común en la época.[49]

No obstante, más tarde Sila fue elegido pretor urbano (en latín: praetor urbanus),[! 13] aunque consiguió el cargo mediante sobornos, lo cual le fue reprochado posteriormente.[16][48] Según otra versión, obtuvo el puesto de manera honesta, corrigiendo los errores de su primera candidatura y esforzándose en complacer a todos.[49] Es posible que en esta época se erigiera una composición escultórica «propagandística» que representaba la entrega de Jugurta a Sila.[50]Aunque nunca ocupó el cargo de edil, Sila organizó una de las primeras cacerías de animales a gran escala, con la participación de cien leones, durante su pretura.[51][52] En el año de su pretura, Sila celebró los juegos en honor a Apolo (en latín: ludi Apollinares), organizados por primera vez por su bisabuelo.[50] Durante este periodo, también tuvo un conflicto con Cayo Julio César Estrabón, aunque los detalles de este enfrentamiento se desconocen.[49]

Se desconoce la fecha exacta de la pretura de Sila a mediados de la década del 90 a. C. Plutarco menciona que Sila se presentó a las elecciones para pretor por primera vez inmediatamente después de la guerra cimbria[48] y que participó nuevamente y fue elegido un año después, es decir, en 98 o 97 a. C.; Veleyo Patérculo[53][! 14] indica que Sila fue pretor un año antes del inicio de la guerra Social. Como resultado, en la Cambridge Ancient History se data su gobierno en Cilicia entre los años 97 y 92 a. C.[54] En la historiografía se han formulado diversas sugerencias. Siguiendo a Thomas Broughton,[55] durante mucho tiempo se sostuvo la versión de una pretura tardía de Sila en el 93 a. C. y un propretorado en el 92 a. C.[56][57] Sin embargo, a partir de Ernst Badian, se volvió más común la opinión de una pretura tardía de Sila en 99 a. C.[58][59] En la Pauly-Wissowa, el año 99 a. C. se asigna al primer intento de Sila de obtener la pretura, y 97 a. C. al año en que la obtuvo,[16] opinión compartida por François Hinard, autor de una biografía de Sila,[60] y el historiador Howard Scullard.[61]

Gobierno en Cilicia

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Después de su pretura en Roma, Sila partió hacia Cilicia, donde fue gobernador, posiblemente con el rango de procónsul.[62] Por mandato del Senado, Sila intentó colocar en el trono de la vecina Capadocia a Ariobarzanes I, un gobernante proromano apodado Filorromano («amante de los romanos»).[16][48][63][64] Alrededor del año 97 a. C., Ariobarzanes fue elegido como rey por una facción proromana, lo que llevó al rey del Ponto Mitrídates VI a intentar derrocarlo por medios indirectos.[65] Por ello, Sila, al mando de un pequeño destacamento, tuvo que enfrentarse al usurpador capadocio Gordio y al rey armenio Tigranes II, cuyas tropas fueron derrotadas por el general romano.[16][48][65] Durante su período como gobernador, Sila se convirtió en el primer funcionario romano en recibir una delegación oficial proveniente de Partia.[16][48][63][66] En esta ocasión, Sila llevó a cabo unas «negociaciones tripartitas» en torno a la amistad y la alianza entre Partia y Roma. Para ello, dispuso tres asientos: uno para el embajador parto, Orobazo; otro para sí mismo, ubicado en el centro; y un tercero para Ariobarzanes.[48][66] Este gesto rompió con la tradición romana, según la cual las negociaciones internacionales eran competencia exclusiva del Senado y los tratados debían ser ratificados por la asamblea popular.[67] Además, esta disposición fue interpretada como un mensaje claro de que Roma no tenía intención de tratar a Partia como un igual.[68] Posteriormente, se supo que el embajador parto, Orobazo, fue ejecutado en su país de origen por no haber respondido adecuadamente al comportamiento desafiante de Sila durante las negociaciones.[48] Tras regresar a Roma, Sila fue acusado de corrupción, aunque los cargos en su contra fueron retirados poco después.[48][69] Curiosamente, Sila no presentó su candidatura al consulado, a pesar de que era habitual que quienes habían ocupado el cargo de pretor aspiraran a la magistratura consular tres años después.[70]

Guerra Social

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Mapa de la Italia romana en el año 100 a. C., en vísperas de la guerra Social.

Tras el inesperado levantamiento de los itálicos, Sila fue asignado como legado al cónsul Lucio Julio César en el año 90 a. C.[71][72][! 15] Durante esta guerra, tuvo que colaborar con Cayo Mario, aunque se observó una disminución de su influencia, mientras la popularidad de Sila crecía considerablemente.[40][74]

Al inicio del conflicto, Sila y Mario se enfrentaron a los marsos, considerados los enemigos más peligrosos de Roma en Italia. Sila los atacó mientras estaban desorganizados atravesando unos viñedos.[75] La mayor parte de ese año, Sila operó en la región sur de la península itálica.[76]

En el año 89 a. C., entre julio y septiembre, Sila lideró una ofensiva romana en Campania y Samnio.[77] Inicialmente, sus tropas atacaron al contingente itálico de Lucio Cluencio, pero, debido a la precipitación en los preparativos, los romanos fueron derrotados y se vieron obligados a retirarse.[78] Sin embargo, las tropas de reserva de Sila acudieron en apoyo y obligaron a Cluencio a retroceder.[78] Poco después, Cluencio, reforzado por galos aliados, presentó batalla nuevamente.[78] Según Apiano, antes de la batalla, un imponente galo desafió a los romanos a un combate singular. Un mauritano, de baja estatura, de las filas de Sila aceptó el desafío y lo derrotó, lo que causó la desbandada de los galos y el resto de las fuerzas de Cluencio. Aprovechando la confusión, Sila persiguió a los itálicos, lo que causó la muerte de unos treinta mil soldados, y más tarde, cerca de Nola, la de otros veinte mil.[78] Durante esta campaña, Sila también capturó Pompeya.[79]

Posteriormente, Sila marchó hacia Samnio, en la región de los hirpinos, donde puso sitio a la ciudad de Eclano. Los habitantes, esperando refuerzos de Lucania, pidieron una prórroga supuestamente para deliberar.[80][81] Sila, anticipándose a sus intenciones, utilizó el tiempo para rodear la muralla de madera con haces de leña y la incendió, lo que obligó a la ciudad a capitular.[80][81] A diferencia de otras localidades que se habían rendido, Sila permitió que Eclano fuera saqueada por sus tropas, argumentando que no se habían rendido por lealtad, sino por necesidad.[80][81] Tras esta victoria, Sila derrotó inesperadamente al comandante samnita Mutilo desde la retaguardia, y poco después capturó Boviano, la nueva capital de los itálicos sublevados.[80][81][82]

La guerra Social fue un gran éxito para Sila, ya que sus brillantes acciones lo hicieron destacar sobre los demás generales y lo convirtieron en el héroe de la campaña.[81][83] Fue galardonado con uno de los mayores honores militares romanos, la corona gramínea, siendo el tercer receptor de este reconocimiento en dos siglos.[84] En octubre de 89 a. C., Sila regresó a Roma y presentó su candidatura para el consulado del año siguiente.[82]

Primer consulado

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Lucha por el mando en la campaña contra Mitrídates

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Al final de la guerra Social, en el año 88 a. C., Mitrídates VI Eupátor, rey del Ponto, invadió la provincia de Asia y masacró a ciento cincuenta mil ciudadanos romanos.[85][86] Mediante cartas enviadas a todas las ciudades, ordenó que fueran asesinados al mismo tiempo en un día y una hora, prometiendo grandes recompensas a quienes cumplieran el mandato.[87] La única excepción fue Rodas, que se mantuvo firme tanto en su resistencia contra Mitrídates como en su lealtad a Roma. Sin embargo, la mayoría de las polis colaboraron con Mitrídates; por ejemplo, los habitantes de Mitilene entregaron a varios romanos encadenados al rey póntico. Paralelamente, Mitrídates expulsó a Ariobarzanes y Nicomedes, reyes de Capadocia y Bitinia, respectivamente.[88] El levantamiento de Mitrídates coincidió con el debilitamiento de Roma tras la guerra Social. Los abusos de los gobernadores romanos y los recaudadores de impuestos habían alienado a la población local, que apoyó mayoritariamente la ofensiva de Mitrídates.[89] En Roma, se asumía que la guerra contra Mitrídates sería sencilla y que las operaciones en las ricas provincias asiáticas proporcionarían enormes beneficios económicos al comandante a cargo.[85][90] Mitrídates era conocido por su inmensa riqueza, y las ciudades griegas que lo respaldaban albergaban una gran cantidad de obras de arte, muy valoradas en Roma a inicios del siglo I a. C. Este contexto generó una feroz competencia por el mando de la guerra contra él, incluso antes de las elecciones consulares de 88 a. C.,[83] donde al menos cuatro candidatos prominentes aspiraban al cargo.[91]

Tras la finalización de los principales combates de la guerra Social, Sila regresó a Roma en octubre del año 89 a. C. y presentó su candidatura al consulado.[82][92] Gracias a su creciente popularidad, fue elegido cónsul para el año 88 a. C., junto a Quinto Pompeyo Rufo, un político de bajo perfil pero aliado de Sila.[93][94] Siguiendo la tradición, el Senado confió el mando militar de la inminente guerra contra Mitrídates a los cónsules.[95] Por sorteo, Sila obtuvo el gobierno de la provincia de Asia y el comando de las tropas destinadas al conflicto.[96] Para financiar la campaña, se recurrió a la venta de ofrendas votivas, supuestamente dejadas en tiempos de Numa Pompilio.[96][97] Sin embargo, el mando también fue reclamado por Cayo Mario, quien esperaba recuperar su prestigio militar liderando la guerra. La candidatura de Sila enfrentó la oposición de los équites y los populares,[98] liderados por el tribuno Publio Sulpicio Rufo, de muy dudosa reputación.[99] Mario, que no ostentaba ninguna magistratura en ese año ni tenía forma legal de obtener el mando, convenció a Publio Sulpicio para que lo apoyara.[85] Según algunas fuentes, Mario buscó el respaldo de los itálicos, recientemente derrotados en la guerra Social.[85][100] Otros sugieren que Sulpicio, vinculado con la oposición al Senado desde el asesinato de Marco Livio Druso en 91 a. C., pudo haber tomado la iniciativa.[101] Algunos historiadores incluso consideran a Sulpicio el líder principal de la oposición antisenarorial en este periodo.[98]

Proyecto de ley de Sulpicio. Primeros enfrentamientos

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El tribuno de la plebe Publio Sulpicio, de acuerdo con Cayo Mario, presentó un proyecto de ley sobre la redistribución de los nuevos ciudadanos entre todas las tribus, lo cual podría tener consecuencias significativas.[85] Debido a este proyecto, la sociedad romana se dividió en dos grupos: los romanos, que buscaban mantener su dominio en la vida política, y los itálicos, nuevos ciudadanos que aspiraban a conquistar derechos plenos e iguales que les garantizaran una participación política en igualdad de condiciones con los romanos.

Como resultado de la guerra Social, los itálicos obtuvieron formalmente derechos de ciudadanía plena según las leyes Lex Iulia de civitates latinis et sociis danda y Lex Plautia Papiria, incluyendo el derecho al voto en igualdad con los ciudadanos romanos. Sin embargo, fueron asignados a las últimas tribus, en lugar de ser distribuidos en las antiguas, donde habrían superado en número a los propios romanos. Por ello, votaban al final, lo que les impedía influir realmente en la vida política de la República. Al principio, los nuevos ciudadanos no entendieron que sus derechos eran incompletos y, como el objetivo principal que perseguían durante la guerra Social, obtener igualdad en derechos civiles con los romanos, parecía haberse alcanzado, las tensiones entre los itálicos disminuyeron una vez que recibieron esos derechos. Dos regiones, Lucania y Samnio, ni siquiera obtuvieron el derecho al voto debido a su resistencia durante la guerra.[102] La redistribución de los itálicos en todas las tribus cambiaría significativamente el equilibrio de poder en la asamblea popular.[98] Si el proyecto de ley hubiese sido aprobado, Cayo Mario y Sulpicio habrían podido implementar cualquier ley apoyándose en los itálicos, ya que estos, gracias a su número, podrían garantizar la aprobación de cualquier legislación.

Además, Sulpicio propuso restituir a los exiliados del movimiento de Saturnino de doce años atrás y excluir del Senado a quienes tuvieran deudas superiores a dos mil denarios,[103] medidas que claramente iban dirigidas contra la nobilitas dominante en Roma.

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Representación del momento en que Sila encontró refugio en la casa de Mario. Obra de Benjamin Ulmann, hacia 1866.

Muchos romanos, conscientes de la posible pérdida de sus privilegios, se opusieron al proyecto de ley de Sulpicio. Los cónsules Sila y Quinto Pompeyo Rufo, que representaban a los ciudadanos romanos tradicionales, también se opusieron y, en particular, Sila se mostró enérgicamente en contra, ya que, al tener el mando del ejército para la guerra contra Mitrídates, entendía que Mario podría obtener dicho mando con la ayuda del proyecto de ley propuesto por Sulpicio. Finalmente, los cónsules, utilizando su autoridad, declararon como días no hábiles los fijados para el debate y la votación del proyecto de ley, lo que impedía la realización de reuniones.[85][99]

Sulpicio, sin esperar el fin de estos días, ordenó a sus partidarios que acudieran al foro con dagas escondidas.[104] Exigió la anulación inmediata de los días no hábiles, consciente de que Sila podría dirigirse en cualquier momento a Grecia llevándose al ejército y argumentó que la introducción de esos días era ilegal, ya que también se interrumpía el comercio.[105] Los cónsules se negaron, y entonces los partidarios de Sulpicio desenvainaron sus dagas y comenzaron a amenazarlos.[104] Quinto Pompeyo logró escapar, mientras que Sila se refugió en la casa de Cayo Mario, aunque más tarde lo negó.[105] Sila convenció a Sulpicio para que lo dejara ir, prometiendo considerar la situación. Sin embargo, solo después del asesinato del hijo de Quinto Pompeyo por los seguidores de Sulpicio, los días no hábiles fueron anulados.[99][104] Inmediatamente después, Sila se dirigió al ejército que lo esperaba, e intentó cruzar rápidamente a Grecia para evitar que se implementara el decreto de cambio de mando a favor de Mario. Sin embargo, en Roma, Sulpicio logró aprobar ambos proyectos de ley —la redistribución de los itálicos en todas las tribus y el nombramiento de Mario como comandante del ejército contra Mitrídates— antes de que Sila cruzara el Adriático.[100][103][104] Según Plutarco,[106] Sila estaba en Roma cuando se aprobó la ley y tuvo que apresurarse hacia el ejército para adelantarse a los hombres de Mario, que tenían la misión de tomar el control de las tropas.[107] Según otra versión, Sila ya estaba camino a Nola en el momento de la aprobación, y allí los tribunos recibieron el encargo de transferir el mando a Mario.[103] Finalmente, existe la teoría de que Sila pudo haberse dirigido al ejército en Nola por un acuerdo con Mario, ya que esta ciudad seguía bajo asedio desde la guerra Social y requería un comandante para continuar con el sitio.[105]

Primera marcha sobre Roma e inicio de la guerra civil

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Mapa que muestra la primera toma de Roma por Sila.

Sila, tras asegurarse previamente el apoyo de sus propios soldados, dirigió sus tropas hacia Roma para intentar recuperar el mando y expulsar a Mario.[108] La mayoría de sus hombres habían servido bajo su mando desde el inicio de la guerra Social,[109] y prácticamente no habían saqueado Italia, por lo que la perspectiva de una campaña en la rica Asia les resultaba sumamente atractiva.[110] Sila convenció a los soldados de que Mario contrataría a nuevos hombres, lo que llevó a que las tropas apedrearan a los tribunos enviados para tomarlos bajo su mando.[103][110] En su discurso ante los soldados, Sila logró presentar la situación como peligrosa para toda Roma y presentarse a sí mismo como su salvador.[111] Después de esto, posiblemente los propios soldados propusieron a Sila que encabezase la marcha sobre Roma,[110] acción que se convirtió en la primera vez que un magistrado romano utilizaba sus tropas para asaltar la ciudad de Roma.[103] Junto a Sila se encontraba el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo, quien, para entonces, es posible que ya hubiera sido destituido de su magistratura,[112] lo que creaba una apariencia de legalidad. El contingente que marchó ascendía a unos seis legiones —aproximadamente treinta y cinco mil soldados—, aunque muchos oficiales abandonaron el ejército al no querer participar en el golpe militar.[113] En respuesta a la pregunta de los emisarios del Senado que acudieron a Sila sobre por qué avanzaba con un ejército contra su propia patria, este respondió que quería «liberarla de los tiranos».[103][108] Aunque Sila y Pompeyo prometieron posteriormente a los emisarios iniciar negociaciones, en lugar de ello comenzaron de inmediato a preparar el asalto a Roma y el enfrentamiento contra las fuerzas que Mario y Sulpicio habían logrado reunir.[114]

A Quinto Pompeyo se le encomendó, con la primera legión, la defensa de la puerta Collina; a la segunda legión, mantener la puerta Celimontana; a la tercera, asegurar el puente Sublicio entre el Foro Boario y el Janículo; la cuarta quedó en reserva, mientras que la quinta y la sexta legiones, bajo el mando de Sila, entraron en la ciudad por la puerta Esquilina; las tropas auxiliares debían rastrear a los partidarios armados de Sulpicio.[115] Una vez dentro de la ciudad, los soldados de Sila sufrieron ataques dispersos por parte de la población local, pero los disturbios cesaron ante la amenaza de incendiar sus casas.[114] En el foro Esquilino tuvo lugar el primer enfrentamiento entre dos ejércitos romanos. Se desataron combates callejeros, durante los cuales los partidarios de Cayo Mario prometieron conceder la libertad a los esclavos si se unían a ellos, y también llamaron a los ciudadanos romanos a alzarse, [114][116] aunque, ni los esclavos ni los habitantes acudieron a la lucha, por lo que los marianos, junto con sus partidarios, se vieron obligados a huir de la ciudad ante el empuje del ejército regular de Sila y Quinto Pompeyo.[107] Los intentos de los soldados vencedores de saquear la ciudad fueron reprimidos.[117]

Medidas de Sila (88 a. C.)

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A pesar de contar con posibilidades para ejercer el control absoluto, Sila envió el ejército fuera de Roma, a Capua, donde debía esperarle para embarcar hacia Grecia, mientras que él mismo continuó gobernando como cónsul.

Hasta la fecha no se ha podido establecer con certeza cuáles de las reformas descritas por las fuentes corresponden al año 88 y solamente es seguro que Sila anuló todas las leyes de Sulpicio.[16][118] Con mayor frecuencia, se atribuyen al año 88 las siguientes cuatro medidas.[118]

  • En primer lugar, los cónsules dieron forma legal a una práctica que había sido vulnerada en numerosas ocasiones: que solo pudiera presentarse ante la asamblea popular un proyecto de ley previamente debatido en el Senado.[119]
  • En segundo lugar, según el testimonio de Apiano, en la asamblea popular se restableció el voto por centurias en lugar del voto por tribus,[119] pero como esta información no aparece en otras fuentes, algunos investigadores dudan de la existencia de esta reforma del sistema de votación.[120]
  • En tercer lugar, los tribunos de la plebe fueron privados de muchos de sus derechos, y las disposiciones de Sulpicio fueron anuladas.[119]
  • En cuarto lugar, el Senado fue ampliado con trescientos nuevos senadores procedentes de los círculos más distinguidos,[119][121] aunque según otra versión, Sila solo planeó esta ampliación, pero no la llevó a cabo.[122] En cualquier caso, el alcance de estas medidas fue limitado —pronto fueron anuladas—; aun así, a veces se consideran un ensayo de la futura dictadura.[107]
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Cuadro moderno en el que se representa a Mario intimidando a un cazarrecompensas enviado por Sila, obra de Jean Germain Drouais (1786), que actualmente se conserva en el Louvre.

En ese mismo periodo, doce personas fueron condenadas al exilio, entre ellas Cayo Mario, Sulpicio y Cayo Mario el Joven, quienes también fueron condenados a muerte en rebeldía,[118] y poco después Sulpicio fue asesinado por uno de sus propios esclavos, al que Sila ordenó primero liberar por su colaboración en la captura y luego ejecutar por traicionar a su amo.[100][123] Mario, por su parte, se ocultó en las marismas de Minturno y posteriormente huyó a África[100] y su hijo, Cayo Mario el Joven, también escapó a África.[100]

Pronto los partidarios de Mario y Sulpicio que permanecían en Roma, así como numerosos ciudadanos vinculados al primero por distintos compromisos, comenzaron a exigir la anulación de su condena y su regreso a la ciudad. Además, los romanos eligieron como cónsules para el año 87 a hombres no del todo favorables a Sila, ya que Cneo Octavio era considerado su partidario, pero Lucio Cornelio Cinna pertenecía al bando de sus adversarios.[118] De Cinna, Sila obtuvo el compromiso de llevar a cabo una política acorde con sus intereses, y este prestó un juramento solemne de mantener la línea política de Sila.[16][123] Asimismo, en circunstancias poco claras, presumiblemente por orden de Cneo Pompeyo Estrabón, fue asesinado el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo.[100][124] Se supone que Sila y Estrabón podían estar enfrentados.[125]

No obstante, tras asumir el cargo a comienzos del año 87, Cinna comenzó a defender la necesidad de volver a aprobar la ley sobre la redistribución de los itálicos. Al mismo tiempo, el tribuno de la plebe Marco Vergilio, posiblemente por iniciativa de Cinna, inició un proceso judicial contra Sila.[16] Hay indicios de que el cambio en la orientación política de Cinna pudo deberse a un soborno de trescientos talentos recibido de los itálicos.[126][127] Pero Sila no prestó atención al proceso iniciado y, «deseando tanto al acusador como a los jueces larga vida, partió a la guerra contra Mitrídates».[123][128]

Guerra contra Mitrídates

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Oriente Próximo en el 89 a. C.

En el año 87 a. C., Sila llegó desde Italia a Grecia para llevar continuar la guerra contra Mitrídates, misión que, debido a los acontecimientos en Roma, se había retrasado dieciocho meses.[64]

Se supone que Sila y su ejército desembarcaron en Epiro y desde allí avanzaron hacia el Ática.[16] En un primer momento, derrotó a los generales de Mitrídates en las cercanías de Atenas, para asediar poco después la propia ciudad y, más tarde, el 1 de marzo del año 86 a. C.,[16] tomarla al asalto tras descubrir un punto débil en las murallas. A continuación, permitió el saqueo de sus soldados, lo que provocó la muerte de numerosos ciudadanos y, en consecuencia, muchos atenienses se suicidaron, ante la inminente destrucción de la ciudad.[129] Sin embargo, posteriormente Sila, tras tomar la Acrópolis, donde se había atrincherado el tirano ateniense, perdonó a la ciudad, justificándolo por su glorioso pasado.[129] Aun así, Atenas quedó gravemente dañada, con los bosques de la Academia de Platón y del Liceo de Aristóteles talados para la construcción de máquinas de asedio, el puerto ateniense del Pireo despoblado y el arsenal naval de Filón fue destruido.[16] Necesitado de recursos económicos, Sila ordenó el saqueo de varios templos, incluido el de Apolo en Delfos, donde profetizaba la Pitia.[16][130]

En dos batallas —la de Queronea, en abril o mayo de 86 a. C., y la de Orcómeno, en el otoño de 86 a. C. o ya en el año 85 a. C.— derrotó completamente al ejército del reino del Ponto, dirigido por el general de Mitrídates, Arquelao. Después, tras cruzar a Asia, Mitrídates manifestó su disposición a aceptar la paz en cualquier condición, aunque luego comenzó a negociar. Sila obligó al monarca póntico a abandonar Asia y todas las demás provincias que había ocupado por la fuerza de las armas, le impuso un tributo de veinte mil talentos y confiscó parte de su flota.[131] Sila, además, liberó a los prisioneros, castigó a los desertores y criminales, y ordenó que el rey se conformara con las «fronteras de sus antepasados», es decir, el propio Ponto.

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Operaciones militares de la primera guerra de Mitrídates.

En ese tiempo, en Italia dominaban los marianos, que habían logrado tomar Roma e iniciar una campaña de terror contra sus oponentes, incluidos los partidarios de Sila. Cneo Octavio, el cónsul legítimo, fue asesinado en el foro, y su cabeza fue expuesta públicamente.[132] Los partidarios de Mario y Cinna enviaron a Oriente al cónsul Lucio Valerio Flaco —pronto sustituido por Cayo Flavio Fimbria— para asumir el mando de las tropas de Sila, pero las fuerzas bajo el mando de Fimbria se amotinaron y le obligaron a suicidarse.[131]

En Grecia, los soldados proclamaron a Sila como su imperator, título que se menciona por primera vez en la descripción de la batalla de Orcómeno por Plutarco.[133][134][! 16] Es posible que este fuera el segundo caso, tras el de Capadocia, en que los soldados lo proclamaron imperator.[135] Por su victoria sobre Mitrídates, Sila obtuvo el derecho a celebrar un triunfo, aunque este no tuvo lugar hasta los días 27 y 28 de enero de 81 a. C.[136]

Segunda marcha sobre Roma y consolidación del poder

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La guerra civil en Italia en 83-82 a. C.

Tras desembarcar en Brundisio, Sila, sin contar con superioridad numérica, logró someter rápidamente el sur de Italia, tras lo cual sus legiones se dirigieron hacia Roma por la Vía Apia. En su avance se le unieron nobles de orientación conservadora que habían sobrevivido a los años del terror mariano, entre los que se encontraban Quinto Cecilio Metelo Pío, Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo. A favor de Sila jugaron el descontento de los romanos con el gobierno de los marianos y la ausencia de líderes y organizadores fuertes entre estos. Los marianos comenzaron a reclutar tropas, pero la campaña que se avecinaba no gozaba de popularidad, y en una de las asambleas de soldados, Cinna, quien para entonces se había convertido en el líder de los marianos, fue asesinado.[131] En varias batallas, las fuerzas de Sila derrotaron a los ejércitos marianos y sitiaron Preneste, un importante bastión de estos. Al mismo tiempo, Sila evitó durante largo tiempo entrar en Roma, ya que, desde el punto de vista sacro-jurídico, su autoridad como procónsul solo era válida fuera de la ciudad. A las puertas de Roma tuvo lugar la batalla de la Puerta Colina, la mayor batalla de la guerra civil. La primera fase del combate terminó con la derrota de Sila, pero gracias al éxito de Craso en el ala derecha, los adversarios fueron finalmente vencidos. En última instancia, los marianos sufrieron una derrota total y fueron o bien asesinados durante la propia guerra, como Cayo Mario el Joven, o bien expulsados de Italia y posteriormente ejecutados fuera de ella, como Cneo Papirio Carbón y Cayo Norbano.[137]

Dictadura

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Nombramiento como dictador vitalicio

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Sila llegó al poder en el año 82 a. C. y, para legitimar la toma del poder, convocó a los senadores a elegir a un llamado interrex (interrey), ya que en ese momento no había cónsules, debido a que Cneo Papirio Carbón había muerto en Sicilia y Cayo Mario el Joven en Preneste. El Senado eligió a Lucio Valerio Flaco, esperando que propusiera la elección de nuevos cónsules. Sin embargo, Sila le encargó presentar ante la asamblea popular una propuesta para convocar la elección de un dictador.[138] Al mismo tiempo, el poder dictatorial no debía limitarse al plazo tradicional de seis meses, sino que debía prolongarse «hasta que Roma, Italia y todo el Estado romano, sacudidos por las discordias y las guerras civiles, se estabilicen».[138] Sin embargo, la costumbre de nombrar dictadores en situaciones excepcionales había caído en desuso ciento veinte años antes, siendo Cayo Servilio Gémino la última persona en ostentar el cargo.[139] En la propuesta presentada por Flaco no se especificaba que el dictador debía ser precisamente Sila, aunque él mismo no lo ocultaba.[138] Finalmente, en uno de sus discursos, Sila declaró abiertamente que era él quien resultaría útil para Roma en aquel momento.[138] Es así como se aprobó la lex Valeria, una disposición que nombraba a Sila dictador y, además, le otorgaba el derecho de imponer la pena de muerte, confiscar bienes, fundar colonias, construir y destruir ciudades, así como conceder y retirar tronos.[140] Asimismo, los senadores declararon que todas las medidas de Sila —tanto pasadas como futuras— serían consideradas legales.[137] El título completo de Sila durante su dictadura fue dictator legibus scribundis et rei publicae constituendae.[95][141]

Para mantener la apariencia de continuidad del orden político existente, Sila permitió la «elección» de cónsules para el año 81 a. C. en las personas de Marco Tulio Decula y Cneo Cornelio Dolabela. El propio Sila, como dictador, ostentaba la autoridad suprema y se situaba por encima de los cónsules, avanzando precedido por veinticuatro lictores con fasces —el mismo número que acompañaba a los antiguos reyes de Roma— y rodeado de numerosos guardaespaldas. Como su jefe de caballería,[! 17] nombró a Lucio Valerio Flaco, una figura de compromiso entre los políticos destacados que habían mantenido la neutralidad.[142]

Proscripciones

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Grabado de S. D. Mirys c. 1799, en el que se representa a alguien leyendo una de las listas de proscritos que Sila colocó en el Foro romano.

Poco después de la llegada de Sila al poder, o quizá incluso algo antes del inicio formal de su dictadura, comenzaron las proscripciones.[139] Al parecer, Sila anunció su inicio ante la asamblea popular, probablemente el 3 de noviembre de 82 a. C.,[143] tras haber justificado previamente su decisión.[144] En el Foro se colocaron tablillas con los nombres de aquellos que debían ser eliminados; en un primer momento se trataba de enemigos personales de Sila, pero pronto la lista comenzó a ampliarse con ricos romanos alejados de la política. No obstante, no puede descartarse que las fuentes no reflejen con precisión los verdaderos motivos de la inclusión en las listas de personas que, a primera vista, parecían elegidas al azar.[145] Las tablillas incluían también la justificación de las proscripciones y fijaban jurídicamente diversos aspectos de las mismas. Así, quien diera muerte a un proscrito y presentara su cabeza a Sila como prueba recibía dos talentos (40 kg) de plata, si era un esclavo, obtenía además la libertad,[139] y, en todo caso, los delatores también eran recompensados. Por el contrario, quienes ocultaran a los incluidos en las listas eran castigados con la muerte. Los hijos y nietos de los condenados perdían la ciudadanía, y los bienes de los proscritos eran confiscados en favor del Estado.[146]

Muchos de los colaboradores de Sila, como Pompeyo, Craso o Lúculo, amasaron enormes fortunas gracias a la venta de los bienes confiscados y a la inclusión de personas ricas en las listas de proscripción. Sin embargo, Craso fue posteriormente apartado de este proceso tras haber añadido a un hombre a las listas sin el consentimiento de Sila.[147]

Sila, pues, proscribió al punto ochenta, sin tratarlo con ninguno de los que ejercían magistraturas; y como muchos se horrorizasen de ello, dejando pasar sólo un día, proscribió doscientos y veinte, y al tercer día un número no menor; y hablando en público sobre esto mismo, dijo que había proseripto á aquellos que le habían venido á la memoria, y que para los olvidados habría otra proscripción.

Proscribíase no sólo en Roma, sino en todas las ciudades de Italia: no estando inmunes y puros de esta sangrienta matanza ni los templos de los Dioses, ni los hogares de la hospitalidad, ni la casa paterna; sino que los maridos eran asesinados en los brazos de sus mujeres, y los hijos en los de sus madres. Y los entregados á la muerte por encono y enemistades eran un número muy pequeño respecto de los proscriptos por sus riquezas: así hablándose de los que perecían, como cosa corriente se decía: á éste le perdió su magnífica casa, á aquél su huerta, al otro las aguas termales.[146]

Lo que pareció cosa nueva y terrible fue el hecho de Lucio Catilina, porque éste, habiendo dado muerte á su hermano cuando todavía los negocios públicos estaban indecisos, pidió después á Sila que lo proscribiese como si estuviese vivo, y lo proscribió. Para mostrarse luego agradecido á este favor, dio muerte á un Marco Mario, de la facción contraria, y llevando la cabeza á presentársela á Sila, que despachaba en la plaza, marchó desde allí al purificatorio de Apolo, que estaba cerca, y se lavó las manos.[148]

Entre aquellos sobre los que pendía la amenaza de muerte estaba el futuro dictador vitalicio Cayo Julio César, pero sus influyentes parientes lograron persuadir a Sila para que le perdonara la vida. Según la versión de Plutarco, Sila dijo a sus allegados acerca de César: «No entendéis nada si no veis que en ese muchacho hay muchos Marios».[149] Suetonio recoge una versión similar: «Sila cedió, pero exclamó, ya fuera por inspiración divina o por intuición propia: “Victoria vuestra, quedaos con él; pero sabed que aquel por cuya salvación tanto insistís será algún día la ruina de la causa de los optimates que hemos defendido: ¡en un solo César hay muchos Marios!”»[150][! 18]

Se ha sugerido que, en la mayoría de los casos, los incluidos en las listas de proscripción —al menos los más destacados— eran ejecutados en el Campo de Marte y no en el lugar de su detención,[151] siendo la ejecución mediante decapitación precedida de azotes;[151] las cabezas cortadas se exhibían luego en los rostra y junto al estanque de Servilio, donde anteriormente se habían mostrado las de los adversarios de Mario.[143]

Se estima que las proscripciones causaron la muerte de noventa senadores y dos mil seiscientos miembros del orden ecuestre,[131] o bien quinientas veinte personas.[152]

Reformas

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Representación del perfil de Sila en un denario del año 54 a. C.

Entre las medidas más conocidas de Sila destaca la ley sobre las magistraturas —lex Cornelia de magistratibus—, que estableció nuevos requisitos de edad para quienes aspiraban a ocupar los cargos públicos superiores e introdujo ciertas limitaciones destinadas a frenar el ascenso demasiado acelerado de los jóvenes políticos. Así, la edad mínima pasó a ser de 29 años para el cargo de cuestor, frente a los 27 fijados por la lex Villia annalis de 180 a. C., 39 años para el de pretor por 33 según dicha ley y 42 años para el consulado por 36 anteriormente.[153][154] En consecuencia, entre el ejercicio del cargo de cuestor y el de pretor debía mediar un intervalo mínimo de diez años. La misma ley establecía además que no se podía acceder a la pretura sin haber desempeñado previamente la cuestura, ni al consulado sin haber pasado antes por la pretura, normas que hasta entonces se habían infringido con frecuencia por no estar formalmente reguladas.[154] Asimismo, se prohibía reiterar la misma magistratura antes de que hubieran transcurrido diez años desde su primer desempeño.[154] De este modo, se introdujeron importantes ajustes en el cursus honorum. El número de cuestores se incrementó de ocho a veinte, y el de pretores de seis a ocho.[155][156] Además, a partir de entonces los cuestores pasaban a formar parte del Senado inmediatamente después de finalizar su mandato, y no en el siguiente censo, como era habitual hasta ese momento.[154]

Una de sus medidas más significativas fue la dirigida contra la institución de los tribunos de la plebe. A comienzos del siglo I a. C., estos desempeñaban un papel muy relevante en el sistema político y, a juicio de algunos contemporáneos, contribuían de forma considerable a desestabilizar el Estado.[157] Magistratura creada en su origen para defender los intereses de la plebe, había acabado convirtiéndose en una fuente constante de tensiones.[157] Entre sus atribuciones figuraban la iniciativa legislativa, el derecho de veto, la facultad de convocar las asambleas populares, el Senado y las contiones,[! 19] así como la plena inviolabilidad personal. Es posible que Sila encontrara un precedente para limitar el poder y el prestigio de los tribunos en la actuación de los hermanos Tiberio y Cayo Graco, así como en la de Livio Druso y Publio Sulpicio, quienes, desde la perspectiva de los «optimates»[! 20] y del propio Sila, habían causado graves perjuicios al Estado. En consecuencia, redujo drásticamente la influencia de esta magistratura:[156][158][159] privó a los tribunos del derecho de iniciativa legislativa[157] y de convocar el Senado, restringió —o incluso suprimió— su derecho de veto y,[160] más adelante, les prohibió acceder a cualquier otra magistratura.[154][161][! 21] Como resultado, todos aquellos que valoraban su reputación o su posición social comenzaron a evitar el tribunado,[156] cargo que, tras la reducción de sus competencias, volvió, en la práctica, a su función original de comienzos del siglo V a. C., limitada a la defensa de los derechos individuales de los plebeyos.[154][161] Sin embargo, en el año 70 a. C., los antiguos partidarios de Sila, Craso y Pompeyo, durante su consulado conjunto, restauraron plenamente las atribuciones de los tribunos y eliminaron así todas las restricciones impuestas por él, aunque la recuperación de sus poderes en la escala anterior no supuso la restitución del prestigio que la institución había tenido antaño.[162]

A veces se incluye también dentro del periodo de la dictadura la reforma del sistema de votación en la aprobación de leyes, ya mencionada para el año 88, que habría sustituido el modelo por tribus por el sistema centuriado; sin embargo, la propia existencia de esta reforma es dudosa, pues se supone que Apiano, quien transmite esta noticia, pudo haber tomado la información de una fuente claramente antisilana.[120]

Sila reforzó asimismo el Senado, gravemente mermado durante las guerras, incorporando a él a trescientas personas procedentes de los sectores más destacados del orden ecuestre,[121] aumento que posiblemente se realizó en dos fases, primero, el Senado habría sido restablecido hasta alcanzar los trescientos miembros, y más tarde su número se habría duplicado.[163] En ese proceso inicial pudieron ser readmitidos todos aquellos expulsados por Mario, así como añadidos veteranos distinguidos en las guerras recientes que cumplían con el requisito censitario.[! 22][164] La posterior ampliación, probablemente, se realizó mediante votación en cada una de las treinta y cinco tribus, con participación de los nuevos ciudadanos, de modo que cada tribu elegía nueve candidatos para su incorporación al Senado.[165]

En el ámbito judicial, la mayoría de los asuntos pasó a ser competencia de tribunales especializados, por lo general se habla de ocho en correspondencia con el número de pretores,[166] cuya composición volvió a quedar bajo control del Senado;[154] a partir de entonces, solo los senadores podían ejercer como jueces en estos tribunales, y no los miembros del orden ecuestre, como habían establecido los hermano Graco.[167] Además, Sila aumentó el número de sacerdotes en los colegios sacerdotales.[158][159] Fue además el primero en promulgar una ley contra los abusos electorales (de ambitu),[168] que establecía la inhabilitación para ejercer magistraturas durante diez años para los infractores. Igualmente, impulsó las leyes sobre la majestad del pueblo romano (leges de maiestate), que, entre otras disposiciones, prohibían a propretores y procónsules iniciar guerras o salir de sus provincias sin autorización desde Roma.[154][169] Se considera asimismo que Sila legalizó la circulación de moneda chapada o incluso reanudó su emisión,[170] al tiempo que intensificó la lucha contra la falsificación, en un intento de estabilizar la situación financiera del Estado romano.[170]

Para sostener su política, Sila incorporó a la asamblea popular a más de diez mil esclavos jóvenes y robustos que habían pertenecido a romanos ejecutados, a quienes les concedió la ciudadanía y, tomando su propio nombre gentilicio, los denominó Cornelios, con el fin de asegurarse el apoyo de estos nuevos miembros, dispuestos a obedecer sus órdenes. La manumisión de un número tan elevado de esclavos constituyó una medida sin precedentes en la Antigua Roma. El recurso a los Cornelios tras la guerra civil, durante la cual los marianos también habían intentado apoyarse en los esclavos, se interpreta como muestra de una política deliberada, aunque a la vez radical.[171]

Los soldados que habían servido en su ejército recibieron amplias concesiones de tierras, ya fueran públicas o confiscadas como sanción a sus antiguos propietarios, dentro de comunidades urbanas.[139] Asimismo, para el asentamiento de los veteranos se utilizaron propiedades pertenecientes a los proscritos.[172] La gran mayoría de estos veteranos fue establecida en Italia, y solo una colonia se fundó fuera de la península. No obstante, las fuentes discrepan en cuanto a su número, Apiano menciona en distintos pasajes veintitrés legiones[173] y ciento veinte mil soldados,[174] mientras que Tito Livio habla de cuarenta y siete legiones, aunque algunos autores consideran que debe leerse como veintisiete.[159] En general, la historiografía moderna estima entre unos cien mil[139][175] y ciento veinte mil veteranos,[176] o bien se limita a aceptar la cifra mínima de veintitrés legiones sin precisar efectivos.[177] Tampoco hay consenso sobre el tamaño medio de los lotes de tierra, que suele situarse de forma muy imprecisa entre diez y cien yugadas (aproximadamente 2,5 a veinticinco hectáreas).[172]

Las tierras necesarias fueron confiscadas a propietarios itálicos, sobre todo en Campania, Samnio y Etruria, regiones que, al parecer, ofrecieron la resistencia más dura a Sila. Así, por ejemplo, las ciudades de Apulia, que lo recibieron favorablemente, apenas sufrieron confiscaciones.[172] Se considera que numerosos campesinos libres quedaron privados de sus medios de subsistencia como consecuencia de estas medidas.[178] Además, parte de las tierras pudo proceder del ager publicus.[179] Tras casi una década de conflictos continuos en Italia, muchas tierras de cultivo habían sido abandonadas, lo que reducía el número de afectados directos.[177] En Lucania y Samnio, donde gran parte del suelo era poco apto para la agricultura, Sila recurrió principalmente al reparto de propiedades confiscadas a los proscritos.[172]

A pesar de haber confiscado tierras a los itálicos y de haber abolido en 88 a. C. su inscripción en todas las tribus, Sila prometió el perdón total a todos sus adversarios, tanto ciudadanos de vieja como de nueva adquisición, antes de que estallara la guerra civil, lo que se interpreta como un intento de acercamiento hacia el conjunto de los itálicos.[180] La distribución de las tierras confiscadas entre sus veteranos y la concesión de la libertad a los Cornelios se entienden como medidas destinadas a construir una base social para el nuevo poder, aunque a veces también se leen como la puesta en práctica del programa agrario de los enemigos del propio Sila.[181]

Los investigadores señalan como objetivo último de la política de Sila el establecimiento de la supremacía del Senado en los asuntos del Estado,[182] o bien la restauración de las ventajas políticas de la nobilitas.[95] También existe la opinión de que Sila llevó a cabo una política orientada ante todo a beneficiar a los grandes terratenientes.[170] El propio Sila presentaba ante el pueblo todas sus acciones como una ordinatio rei publicae, es decir, como una reforma y perfeccionamiento de la constitución republicana romana no escrita.

Asimismo, Sila reconstruyó la Curia Hostilia, desplazó el pomerium y erigió su estatua ecuestre en el Foro, junto al Lapis Niger, el lugar que se tenía por sepultura de Rómulo.[183][184] El traslado del pomerio, la ampliación de la frontera jurídica y sacral de la ciudad, junto con el resto de sus actuaciones simbolizaba la fundación de una Roma renovada.[185]

Segundo consulado y renuncia a la dictadura

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En 81 a. C., Sila anunció su intención de presentarse al consulado para el año siguiente, apenas ocho años después de haberlo ejercido por primera vez, declaración que contradecía su propia ley sobre el orden de ejercicio de las magistraturas —una de las disposiciones de la lex Cornelia annalis exigía un intervalo de diez años entre dos consulados—, aunque los investigadores modernos admiten que dicha ley pudo haber sido aprobada con posterioridad a las elecciones, y no dudan de que, si ya estaba en vigor, el Senado concedió a Sila una dispensa expresa.[186] El motivo que le llevó a presentarse al consulado no está del todo claro. Apiano explica que Sila se hizo cónsul «fingiendo querer preservar las apariencias del poder democrático».[187] Las interpretaciones modernas del segundo consulado suelen partir precisamente de este testimonio. Robin Seager sostiene que con su elección como cónsul Sila pretendía mostrar que la crisis de la República romana había concluido y que el funcionamiento normal del Estado se había reanudado.[186] Frederik Vervaet, por su parte, ve en la elección del dictador como cónsul una señal de retorno al sistema político tradicional; apunta además que ello reforzaba la auctoritas de Sila, dado el enorme peso del consulado —la cima de la carrera para la mayoría de los políticos—, y señala cierto paralelismo con los pasos dados por el primer emperador romano, Octavio Augusto, en los años 28-27 a. C. «para restaurar la república».[188] Arthur Keaveney, en cambio, subraya que los cónsules bajo un dictador en activo carecían de poder real, y que en 81 a. C. los candidatos elegidos para el cargo eran fieles pero de escasa influencia y los cónsules de ese año, Marco Tulio Decula y Cneo Cornelio Dolabela, reciben del erudito los calificativos de «nulidad absoluta» y «silano de segunda fila», respectivamente. En 80 a. C., en cambio, el colega de Sila, Quinto Cecilio Metelo Pío, fue un político de peso.[186][189] Se baraja también la posibilidad de que otro candidato en aquellas elecciones fuera el silano Quinto Lucrecio Ofela, ejecutado por Sila precisamente por haberse presentado sin su consentimiento, aunque se desconoce el momento exacto de su candidatura; quizás intentó participar en los comicios del año anterior.[186][189][190] Plutarco menciona que entre los cónsules no hubo conflictos aparentes, aunque precisa que Sila había previsto desde el principio una relación complicada con su colega,[40] puesto que se supone que el influyente Metelo mantuvo una posición independiente y tuvo algunas discrepancias con el dictador, pero colaboró con Sila en sostener la imagen de armonía consular.[191]

Presumiblemente en 79 a. C. Sila renunció de forma inesperada a su cargo de dictador vitalicio; al hacerlo, declaró públicamente que estaba dispuesto a rendir cuentas de todas sus acciones, y desde entonces se dejaba ver por la ciudad sin lictores ni escolta.[187][192] En la historiografía moderna existen hipótesis que sitúan la renuncia en 80 o incluso en 81 a. C., aunque el testimonio directo de los autores antiguos que apunta a 79 a. C. también se acepta con frecuencia.[! 4] En el verano de ese mismo año, Sila se abstuvo deliberadamente de intervenir en las elecciones consulares para el año 78 a. C. y se presentó en el Foro durante los comicios como un ciudadano más. No tomó ninguna medida al respecto, pese a que uno de los cónsules elegidos fue Marco Emilio Lépido, abiertamente hostil a Sila y a sus reformas.[192]

Según cuenta Plutarco, una vez convertido en simple ciudadano, Sila comenzó a ofrecer al pueblo banquetes de una prodigalidad desbordante: «El excedente de víveres era tan grande que cada día se arrojaban al río grandes cantidades de comida, y el vino que se bebía tenía cuarenta años o más». Además, cuenta que el propio Sila transgredía sin reparo las leyes suntuarias que él mismo había promulgado tiempo atrás.[195]

Enfermedad y muerte

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En ese momento, Sila comenzó a experimentar síntomas de una enfermedad desconocida, Plutarco relata:

Habiendo ignorado por largo tiempo que tenía dañadas las entrañas; enfermedad que, habiendo viciado la carne, la convirtió toda en piojos; de manera que con ser muchos los que de día y de noche se le quitaban, nada eran los quitados para los que de nuevo sobrevenían; sino que las ropas, el baño, lo que se empleaba para limpiarle, y hasta la comida misma, todo se llenaba de aquella podredumbre y corrupción: ¡tanto era lo que cundía! Así, muchas veces al día se metía en el agua, lavando el cuerpo y limpiándolo, pero de nada servía, porque en prontitud ganaba la mudanza, y la muchedumbre vencía toda diligencia.[196]

El relato de Plutarco es, con toda probabilidad, legendario, ni la generación espontánea ni la reproducción acelerada de los piojos es posible —estos parásitos tienen un ciclo de desarrollo de varios días—, aunque en la Antigüedad, gracias a los escritos de Aristóteles, esta idea se tenía por cierta. Hubo un intento de «salvar» la versión de Plutarco mediante su racionalización, ya que Sila podría haber padecido pediculosis púbica combinada con una enfermedad interna de naturaleza incierta que complicaba o hacía imposible un tratamiento eficaz.[197] Sin embargo, esta interpretación también ha sido rebatida desde el punto de vista médico. Algunos historiadores han sugerido que la tradición sobre la «enfermedad de los piojos» de Sila carece en absoluto de base real y fue puesta en circulación por los enemigos del dictador tras su muerte.[198][! 23] La leyenda de dicha enfermedad como castigo divino infligido a un impío es antiquísima, y su versión más temprana nos la ha conservado Claudio Eliano.[199]

Sila murió en 78 a. C. y,[! 2] en consecuencia, su muerte desató un enfrentamiento entre sus partidarios y sus adversarios, quienes contaban cada uno con uno de los cónsules, al alinearse Quinto Lutacio Cátulo Capitolino con los silanos, mientras que Marco Emilio Lépido, pese a haber llegado al consulado con el respaldo del silano Cneo Pompeyo,[192] se adscribió a los antisilanos que habían sobrevivido a las proscripciones y encabezó la oposición a que se le tributaran funerales solemnes. Con todo, se tomó la decisión de darle sepultura a cargo del Estado en el Campo de Marte. En Italia se decretó luto oficial, durante el cual toda actividad política y todo proceso judicial quedaron suspendidos.[200] Al dictador fallecido se le concedieron dos privilegios excepcionales, el de ser incinerado y el de ser enterrado dentro del recinto de la ciudad[200]

Plutarco y Apiano nos han conservado los detalles de las exequias de Sila. Su cuerpo, ataviado con vestiduras regias sobre un lecho de oro, fue trasladado en procesión por toda Italia, precedido por estandartes y fasces,[201] mientras sus soldados en pleno armamento comenzaban a afluir hacia Roma,[201] donde los mejores oradores pronunciaron discursos en su memoria.[202] Una imponente comitiva acompañó sus restos en el último trayecto. El cuerpo fue llevado al Campo de Marte, donde solo se había enterrado a los reyes, a hombros de los senadores más robustos.[202] «El día amaneció nublado y se esperaba lluvia, por lo que la procesión fúnebre no partió hasta la hora nona. Pero un viento fuerte avivó la pira, las llamas prendieron con fuerza y envolvieron el cadáver por completo. Cuando el fuego ya se apagaba y quedaban apenas rescoldos, se desató un aguacero que no cesó hasta bien entrada la noche».[203] Sila fue el primer miembro de la gens Cornelia cuyo cuerpo fue incinerado,[204] decisión que se interpreta como el deseo de Sila o de sus partidarios de preservar sus restos de una profanación póstuma, semejante a la que sufrieron los de Cayo Mario;[204] cerca de la villa publica, donde el general pernoctaba antes de celebrar su triunfo,[183][184] se encontraba su tumba, cuya inscripción, según se cuenta, fue redactada por el propio Sila: «Aquí yace un hombre que, más que ningún otro mortal, hizo el bien a sus amigos y el mal a sus enemigos».[203]

La figura de Sila

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...este Don Juan de la política era, en el fondo, un hombre de carácter íntegro. Toda su vida es prueba de la inmutabilidad de sus inclinaciones innatas: en las situaciones más diversas, siempre fue el mismo.[205]

Los autores antiguos valoraban de forma dispar las actuaciones de Sila, pero coincidían en retratarlo como una personalidad singular y controvertida. En particular, se le atribuía reiteradamente una fortuna que le acompañó en todos sus asuntos, incluso hasta sus propios funerales,[40][206][207] lo que quizás sea el eco de la visión que el propio dictador tenía de sí mismo, pues hacia el final de su vida adoptó el agnomen Félix —«el Afortunado»— por influencia de sus partidarios.[206]

Plutarco describía a Sila como un hombre «voluble e incongruente consigo mismo»,[40] y añadía que Lucio era «de carácter áspero y vengativo por naturaleza», aunque «sabía contener la ira cuando le convenía, cediendo ante el cálculo».[40]

Sila tenía los ojos azules y manchas rojizas en el rostro que, según los autores antiguos, le conferían un aspecto amenazador.[14] Séneca señala que «Sila era especialmente cruel cuando la sangre le afluía al rostro».[208] El propio Sila consideraba que «su cabello rubio lo distinguía entre los demás hombres».[! 24][209] Se conserva también la noticia de que poseía una hermosa voz que le permitía cantar con soltura.[210]

Vida personal

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En su juventud, Sila fue amante de una adinerada liberta llamada Nicópolis, de quien heredó los bienes por testamento tras su muerte.[14] Plutarco, principal biógrafo del dictador, nombra como primera esposa a Ilia (en griego antiguo: ᾿Ιλία),[! 25] como segunda a Elia y como tercera a Clelia,[40] aunque se ha sugerido en repetidas ocasiones que Julia (Ilia) no sería sino una deformación del nombre Elia en la tradición griega, o bien a la inversa;[17][211] de haber sido Julia el nombre de la primera esposa, bien podría haber sido pariente de Cayo Julio César, lo que los Julios habrían podido aprovechar para alejar de él la amenaza durante las proscripciones[211][212] —en cuyo caso la fuente habría incurrido en una «duplicación» de la primera esposa—. Se señala, por otro lado, que las primeras consortes del futuro dictador pertenecían a familias nobles, aunque no a la cúspide del poder.[160]

Tras divorciarse de su tercera esposa —o segunda, véase lo anterior— Clelia, alegando como pretexto su esterilidad,[16] Sila contrajo matrimonio con Cecilia Metela Dalmática,[40] hija de Lucio Cecilio Metelo Dalmático, enemigo de Cayo Mario,[16] y viuda de Marco Emilio Escauro, unión que lo acercó a los Metelos, uno de los linajes más influyentes de Roma a finales del siglo II e inicios del I a. C.; pese a celebrarse el año en que Sila alcanzó el consulado —en 88 a. C.—, la sociedad romana lo recibió como un matrimonio por debajo de su rango.[160] Poco después de que Sila depusiera sus poderes dictatoriales, Cecilia enfermó y murió, sin que Lucio pudiera visitarla en su lecho de muerte, pues alguna prohibición de carácter religioso —probablemente derivada de su pertenencia al colegio de pontífices— le vedaba el trato con los moribundos;[195] tras su pérdida, Sila no dudó en violar la ley que él mismo había promulgado sobre la limitación del gasto en los funerales.[195][213] Contrajo matrimonio por última vez a unos 59 años, poco antes de su muerte, con Valeria Mesala, con quien se había conocido en unos juegos de gladiadores:

Al pasar por detrás de Sila alargó hacia él la mano, y arrancando un hilacho de la toga se dirigió a su puesto. Volviéndose Sila a mirarla con aire de extrañeza, «Nada hay de malo- le dijo ¡oh emperador![! 16] sino que quiero yo también tener alguna partecita en tu dicha». Oyólo Sila con gusto, y aún se echó de ver claramente que le había hecho impresión, porque al punto se informó reservadamente de su nombre y averiguó su linaje y conducta.[195]

Descendencia

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Del matrimonio con su primera esposa Ilia/Julia/Elia, Sila tuvo una hija, Cornelia,[40][125][213] quien se convirtió en esposa de Quinto Pompeyo, hijo del cónsul Quinto Pompeyo Rufo;[125][213] su hijo acuñó más tarde una moneda con el retrato de ambos abuelos, mientras que su hija llegó a ser la segunda esposa de César.[214] A Clelia, en cambio, se le concedió el divorcio alegando su esterilidad,[16] por lo que la pareja no tuvo descendencia. El hijo del dictador Lucio —al parecer de Metela—, murió sin haber cumplido seis años, en torno a 82-81 a. C., poco antes de la propia muerte de Cecilia Metela.[214][215] Tras el nacimiento de los gemelos que le dio Cecilia, Sila quebrantó los ritos onomásticos religiosos de su época para imponerles los nombres de Fausto y Fausta Cornelia,[! 26] nunca antes usados en Roma,[192][216] aunque la tradición recordaba que el pastor que halló a Rómulo y Remo llevaba un nombre similar, Fáustulo. La última hija nacida de Sila fue Cornelia Póstuma, habida con Valeria Mesala.[215][216][! 27]

Religión

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Sila era un hombre profundamente religioso y se hallaba bajo una fuerte influencia de los cultos orientales,[217] aunque no entró en contacto con ellos hasta la madurez.[218] Durante su etapa como propretor en Cilicia presenció o participó en los ritos orgiásticos en honor de la diosa local Maa —o Ma, cuyo equivalente romano era Belona—, tras lo cual quedó profundamente fascinado por su culto.[217] Se sabe también que en sus campañas el futuro dictador se hacía acompañar de magos, adivinos y augures orientales,[217] y que en 82 a. C. convocó su primera sesión del Senado precisamente en el templo de Belona.[131] Además, una serie de datos recogidos en las fuentes —los doce rayos, las advertencias en nombre de la diosa, entre otros— apuntan a que Sila conocía la religión etrusca y a que entre sus allegados había adeptos a ella.[219][220]

El propio Sila atribuía con frecuencia todos sus éxitos al favor de los dioses y, hacia el final de su vida, el 27 o 28 de enero de 81 a. C., adoptó el agnomen Félix —«el Afortunado»—. Con anterioridad, ya durante la guerra contra Mitrídates, había comenzado a llamarse Epafrodito —«el favorito de Afrodita»—,[16] y fue precisamente su convicción sobre el amparo divino lo que le llevó a imponer a sus hijos recién nacidos los nombres de Fausto y Cornelia Fausta.[221] El erudito S. L. Utchenko ve en esta concepción sistemáticamente desarrollada de la fortuna un desafío al sistema tradicional de valores romanos y un intento de justificar sus acciones mediante la idea de que quien goza del favor de los dioses no contrae obligaciones con la sociedad.[221] La devoción especial por Apolo era, al parecer, un rasgo propio de todo el linaje de los Silas.[218] Se ha sugerido también que las concepciones del dictador sobre las relaciones entre dioses y hombres encajaban bien con la visión romana tradicional de la religión, resumida en la fórmula do ut des.[222] Cuando su esposa Cecilia Metela agonizaba, Sila cumplió escrupulosamente los preceptos religiosos que le correspondían como miembro del colegio de pontífices, evitando todo contacto con ella hasta llegar a divorciarse.

Con todo, durante la primera guerra mitridática Sila reveló una faceta bien distinta: cuando necesitó financiación, no dudó en ordenar el saqueo del santuario del oráculo de Delfos, —templo de Apolo y el más venerado de todo el mundo griego—, demostrando una actitud hacia los lugares sagrados tan pragmática como desprovista de escrúpulos.[16][130] Concluida la guerra y restaurado el orden, volvió a presentarse ante todos como ferviente devoto de los dioses griegos.[130][! 28] Existe también la hipótesis de que su religiosidad era en realidad una pose calculada al servicio de sus ambiciones políticas como recurso para granjearse el favor del pueblo, aunque esta lectura ha sido progresivamente cuestionada en la historiografía más reciente.[222]

La ley de reforma del derecho penal (Lex Cornelia de sicariis et veneficis), promulgada hacia 81 a. C., se interpreta a veces también como una ley contra la práctica de la magia.[223] Por último, fue precisamente a partir del período de dominio de Sila cuando las concepciones mesiánicas y escatológicas, tanto las llegadas de Oriente como las tomadas de los etruscos, se extendieron con especial fuerza en Roma;[224] en 83 a. C. se esperaba el fin del mundo en la ciudad, expectativa que la guerra civil recién desatada no hacía sino alimentar.[224]

Balance de la actuación de Sila

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Sila fue el primero en Roma en utilizar las legiones que el Senado había puesto a su disposición para desencadenar una guerra civil y apoderarse del poder, lo que lo aproxima a los emperadores romanos de épocas posteriores.[225] Y aunque llegó al poder por la fuerza de las armas —más aún, mediante operaciones militares activas—, lo mantuvo sin recurrir a la intervención directa del ejército, pues el principal instrumento de control sobre los ciudadanos fue el miedo.[225] Sila fue también el primero en ser elegido dictador no por seis meses, como exigía la constitución romana no escrita, sino «hasta que Roma, Italia y todo el Estado romano, sacudido por las discordias civiles y las guerras, se consolidara»;[! 29] y sin embargo, renunció a sus poderes antes de que expirara ese plazo. Sus medidas, por crueles que fueran, contribuyeron a estabilizar el Estado y a restaurar la influencia del Senado tras las convulsiones de la guerra Social y el dominio de los marianos en la década de los ochenta. Al mismo tiempo, numerosos senadores de alcurnia e influencia, pertenecientes en su mayoría a familias respetables que por diversas razones se habían alineado con Mario y Cinna, fueron eliminados durante las proscripciones, y en su lugar ascendieron hombres de probada lealtad personal a Sila. Además, los nuevos senadores, procedentes en su mayor parte del orden ecuestre, se dedicaron al comercio con una intensidad que hasta entonces se consideraba indigna de un patricio. Las fortunas de numerosas familias quedaron concentradas en manos de una reducida élite próxima a Sila y basta señalar que los futuros hombres más ricos de Roma, Craso y Lúculo, fueron introducidos en la élite política precisamente en esta época. El asentamiento de unos cien mil veteranos silanos exigió vastas extensiones de tierra cultivable, obtenidas en Italia a expensas de los desterrados, los proscritos y las tribus que se habían opuesto a Sila en la guerra civil, lo que no solo fomentó la pequeña propiedad libre frente al auge anterior de las grandes explotaciones con mano de obra esclava, sino que impulsó también una amplia latinización de Italia. Con todo, las principales reformas políticas de Sila, la llamada «constitución silana», fueron derogadas en el plazo de doce años tras su muerte.[226]

Lucio Cornelio Sila venció de nuevo e impuso el orden en Roma por medio de la violencia y el derramamiento de sangre: exterminó a numerosos caballeros, acalló a los tribunos de la plebe y sometió a los cónsules a su voluntad.[227]

Sila en la cultura

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La imagen de Sila como tirano se difundió por Europa a través de las traducciones de las obras de Plutarco y Apiano, y dejó huella, entre otras, en las tragedias de Pierre Corneille Cinna y Sertorio.[228] Los ilustrados franceses Voltaire —en El siglo de Luis XV— y Montesquieu —en Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos y en Sila y Eucrates— centraron su atención en las proscripciones y en la renuncia voluntaria al poder.[229] En la segunda mitad del siglo XVIII, Sila se convirtió en protagonista de tragedias,[230] y en la época del Segundo Imperio francés su figura fue recuperada en la polémica política a raíz del candente problema de las proscripciones.[231] Posteriormente, la imagen del dictador no experimentó cambios sustanciales.[231] En la segunda mitad del siglo XX, el historiador de la Antigüedad François Hinard intentó revisarla, argumentando que los acontecimientos posteriores «habían distorsionado profundamente el recuerdo que se conservaba del dictador; ante todo, cabe señalar que el azar o una decidida censura eliminaron todos los testimonios que pudieran serle favorables, empezando por sus propias Memorias».[232]

Obras en las que Sila aparece como protagonista o uno de los personajes principales (selección):

Imágenes conservadas de Sila

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Busto de Sila. Museo Arqueológico, Venecia.

No se ha conservado ningún retrato auténtico de Sila. Existen dos monedas con su efigie: un denario de 56 a. C., acuñado por su hijo Fausto (véase más arriba), que representa la escena de la entrega de Jugurta, y un denario de 54 a. C., acuñado por su pariente Quinto Pompeyo Rufo (véase más arriba).

En la actualidad se conocen tres retratos escultóricos considerados los más probables de Sila:[233]

Los siguientes bustos se asocian erróneamente a Sila:[233]

  • El «Sila Barberini» y otro busto en la Nueva Gliptoteca Carlsberg.
  • Busto en la Gliptoteca de Múnich (véase al inicio de la página).
  • Busto en el Museo Chiaramonti.
  • Busto en el Museo Arqueológico de Venecia (véase a la derecha).
  • Busto de bronce en el Museo Getty de Los Ángeles, cuya identificación con Sila fue propuesta en 1981 por el entonces conservador del museo Jiří Frel.

Existen además siete medallones cuyos relieves han sido identificados con mayor o menor certeza como representaciones de Sila, entre ellos cinco de cornalina, uno de ónice y otro de granate.[233]

Notas

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  1. La adopción del agnomen «Félix» (el Afortunado o el Dichoso) se vincula a la celebración del triunfo sobre Mitrídates (según los Fasti Triumphales, el 27 o 28 de enero de 81 a. C.). En su correspondencia con los griegos, Sila se hacía llamar Epafrodito, es decir, «el favorito de Afrodita».
  2. 1 2 Jérôme Carcopino sitúa la muerte de Sila en marzo.[1]
  3. lat. Dictator legibus scribundis et rei publicae constituendae, frase con la que fue nombrado dictador.
  4. 1 2 Los investigadores no se ponen de acuerdo a la hora de fechar la renuncia de Sila a sus poderes dictatoriales, y las propuestas oscilan entre 81, 80 y 79 a. C. Durante mucho tiempo, la fecha comúnmente aceptada fue 79 a. C. Fue Ernst Badian quien en 1962 planteó la hipótesis de una renuncia en 81 a. C., tesis que encontró respaldo entre numerosos investigadores, entre ellos Arthur Keaveney, autor de una monografía sobre Sila. La datación a finales de 80 a. C. fue propuesta por Ernesto Valgiglio y Emilio Gabba en la década de 1950. Erich Gruen se mostró inicialmente partidario de 80 a. C., aunque con el tiempo regresó a la datación tradicional de 79 a. C. En 2004, Frederik Vervaet —defensor de esta última fecha— constataba que la cuestión seguía abierta y sin consenso.[193][194]
  5. Es decir, fue elegido dictador para hacer la guerra.
  6. Sin embargo, el derecho sucesorio romano garantizaba a Sila una parte de la herencia de su padre.
  7. Plutarco cuenta: «Pues no era esto de hombre que permaneciese en una conducta y en unas costumbres rectas y puras, sino de quien hubiese declinado y hubiese sido corrompido por la pasión del lujo y del regalo. Ponían, por tanto, en igual grado de menos valer al que disipaba su caudal y al que no se mantenía en la pobreza paterna». — Sila, 1.
  8. El servicio militar era un requisito previo para acceder a una magistratura.
  9. Cita: «El Senado y el Pueblo de Roma suelen recordar tanto un beneficio como una ofensa. Pero como Boco se arrepiente, perdonan su ofensa; tendrá un tratado de amistad cuando lo haya ganado».
  10. Es posible que los marsos no sean la conocida tribu guerrera de los itálicos, sino una tribu germánica con el mismo nombre.[41]
  11. Las autobiografías de ambos no han sobrevivido.
  12. El cargo de edil curul estaba por debajo de la pretura en el cursus honorum, aunque, hacia comienzos del siglo I, ocuparlo ya no era obligatorio para avanzar en la carrera política: Keaveney A. Sulla, the last republican… p. 28. (en inglés)
  13. El praetor urbanus se ocupaba principalmente de los asuntos judiciales en la propia Roma.
  14. Cita: «L. Sulla anno ante praetura functus»: L[ucio] Sila, quien había ejercido las funciones de pretor el año anterior…
  15. Apiano, probablemente de forma errónea, atribuye que Sila estuvo bajo el mando del cónsul del año 91 a. C., Sexto Julio César.[73]
  16. 1 2 En la época republicana, en Roma el título de emperador (en latín: imperator) podía ser adoptado por cualquier general al que sus soldados reconocieran como tal. Era un título de gran prestigio, aunque carecía por completo de contenido político.
  17. El magister equitum era el ayudante oficial del dictador.
  18. Cita original: vincerent ac sibi haberent, dum modo scirent eum, quem incolumem tanto opere cuperent, quandoque optimatium partibus, quas secum simul defendissent, exitio futurum; nam Caesari multos Marios inesse.
  19. Contio (asamblea popular): reunión de ciudadanos romanos cuyas decisiones carecían de validez jurídica.
  20. Se cuestiona la legitimidad del uso de este término para referirse a determinadas fuerzas políticas.
  21. El itinerario habitual para acceder a los cargos magistrales («cursus honorum») que se había consolidado para entonces consideraba el tribunado como una de las primeras etapas de la carrera política.
  22. Ya existía un precedente de la incorporación de veteranos al Senado: en el año 216 a. C., el Senado se amplió con los que más se habían distinguido en el curso de las guerras.
  23. «En época imperial se difundió la idea de que Sila había muerto de ftiriasis, es decir, de una enfermedad caracterizada por la proliferación de insectos en la sangre que van consumiendo el organismo desde dentro. Es evidente que esta fábula fue inventada por los enemigos del dictador».
  24. El color del cabello se describe con el término χρυσωπόν (chrysopon)».
  25. A veces también llamada Julia.
  26. en latín: el Afortunado y la Afortunada.
  27. Los nombres Póstumo y Póstuma se utilizaban para los hijos nacidos tras la muerte de sus padres.
  28. Cita: «Piety could happily be left aside and rediscovered after the victory: la devoción [hacia los dioses] podía dejarse de lado sin escrúpulos y recuperarse una vez lograda la victoria».
  29. Apiano atribuye estas palabras a Sila antes de su elección.

Referencias

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  1. Carcopino J. Jules César. — Paris: Presses Universitaires de France, 1968. — pp. 12-13. (en francés)
  2. 1 2 3 Arthur Keaveney The early years: 138—105 BC // Sulla, the last republican. 2ª edición — Londres — Nueva York: Routledge, 2005 — p. 5 (en inglés)
  3. «Луций Корнелий Сулла (отец диктатора)» (en ruso). Archivado desde el original el 21 de enero de 2013. Consultado el 2 de julio de 2011.
  4. Keaveney A. Sulla, the last republican. 2ª edición — Londres — Nueva York: Routledge, 2005 — P. 5 (en inglés)
  5. 1 2 3 Plutarco. Sila, 1
  6. 1 2 3 Keaveney A. The early years: 138—105 BC // Sulla, the last republican. 2ª edición — Londres — Nueva York: Routledge, 2005. — p. 6 (en inglés)
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  9. Madden J. A., Keaveney A. Sulla père and Mithridates // Classical Philology. — Vol. 88, № 2. (abril, 1993). — pp. 138-141 (en inglés)
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Bibliografía

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Fuentes clásicas

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Enlaces externos

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Predecesor:
Cneo Pompeyo Estrabón y
Lucio Porcio Catón
Cónsul de la República Romana
con Quinto Pompeyo Rufo

88 a. C.
Sucesor:
Lucio Cornelio Cina y
Cneo Octavio
Predecesor:
Cneo Cornelio Dolabela y
Marco Tulio Decula
Cónsul de la República Romana
con Quinto Cecilio Metelo Pío

80 a. C.
Sucesor:
Apio Claudio Pulcro y
Publio Servilio Vatia Isáurico
Predecesor:
Cayo Servilio Gémino
(202 a. C.)
Dictador romano
Legibus faciendis et rei publicae constituendae causa

82-79 a. C.
Sucesor:
Julio César
(49-44 a. C.)